En mi opinión, las bicicletas son realmente mágicas. Recorrer EE. UU. en bicicleta ese verano con Illini 4000 fue para mí la primera prueba de ello.
Sencillamente, la forma en que experimentas un lugar desde la bicicleta es algo especial:
sientes las irregularidades del terreno en las piernas y el viento en la cara.
Sientes todos los olores, tanto buenos como malos.
Oyes el canto de las aves, los insectos, la brisa.
Lo ves todo: vas lo suficientemente lento como para asimilarlo, pero lo suficientemente rápido como para que siempre haya algo nuevo que ver.
Te ganas el destino, incluso si es el mismo lugar donde empezaste.
Aprendí mucho ese verano. Aprendí que era capaz de mucho más de lo que pensaba, pero era muy consciente de que no lo habría descubierto sin haberme salido completamente de mi zona de confort. Descubrí el poder de una ruta en bicicleta para relajar la mente cuando estás preocupada y reducir el estrés. Aprendí lo rápido que se pueden forjar amistades profundas a través de la experiencia compartida de una ruta exigente.
Después del viaje, me di cuenta de que no le había contado a casi nadie el día en el que pedaleamos suavemente durante 120 kilómetros en ligero descenso a lo largo de un río con un tiempo fantástico. Pero los días en que nos perdimos o tuvimos fuertes rachas de viento en contra, subidas interminables y tormentas brutales de granizo, esos son los que recuerdo con más cariño y los que estoy segura de que contribuyeron más a forjar mi carácter.