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Vida

“¿Qué demonios hago aquí?”

Esa es una pregunta que recuerdo claramente que me hice el 25 de mayo de 2010, mientras estaba en el Central Park de Nueva York, a punto de aventurarme en un viaje en bicicleta de más de 7200 kilómetros hasta San Francisco durante las siguientes diez semanas. Si alguien me lo hubiera preguntado esa mañana, no habría dicho que yo era “ciclista”. Era estudiante de ingeniería de primer año y me había inscrito en el viaje por capricho el otoño anterior. Me compré mi primera bicicleta de carretera unos dos meses antes de ir a Nueva York.

Al final de la calurosa y frenética etapa de 103 kilómetros del primer día (y después de comerme una sandía entera), me tumbé en el césped pensando que eso había sido un “día corto” y me pregunté cómo iba a sobrevivir el resto del viaje.

71 días más tarde, crucé el puente Golden Gate y supe que pertenecía al club de las dos ruedas.

En mi opinión, las bicicletas son realmente mágicas. Recorrer EE. UU. en bicicleta ese verano con Illini 4000 fue para mí la primera prueba de ello.

Sencillamente, la forma en que experimentas un lugar desde la bicicleta es algo especial:

sientes las irregularidades del terreno en las piernas y el viento en la cara.

Sientes todos los olores, tanto buenos como malos.

Oyes el canto de las aves, los insectos, la brisa.

Lo ves todo: vas lo suficientemente lento como para asimilarlo, pero lo suficientemente rápido como para que siempre haya algo nuevo que ver.

Te ganas el destino, incluso si es el mismo lugar donde empezaste.

Aprendí mucho ese verano. Aprendí que era capaz de mucho más de lo que pensaba, pero era muy consciente de que no lo habría descubierto sin haberme salido completamente de mi zona de confort. Descubrí el poder de una ruta en bicicleta para relajar la mente cuando estás preocupada y reducir el estrés. Aprendí lo rápido que se pueden forjar amistades profundas a través de la experiencia compartida de una ruta exigente.

Después del viaje, me di cuenta de que no le había contado a casi nadie el día en el que pedaleamos suavemente durante 120 kilómetros en ligero descenso a lo largo de un río con un tiempo fantástico. Pero los días en que nos perdimos o tuvimos fuertes rachas de viento en contra, subidas interminables y tormentas brutales de granizo, esos son los que recuerdo con más cariño y los que estoy segura de que contribuyeron más a forjar mi carácter.

Collage of Photos from Jamie Kelleher's

Illini 4000 es una organización estudiantil de la Universidad de Illinois y una organización sin ánimo de lucro (según se describe en el artículo 501(c)3 del Código de los EE. UU.) que recauda dinero para la investigación del cáncer y los servicios de apoyo a los pacientes mediante rutas anuales en bicicleta por todo el país. Por el camino, el equipo (normalmente formado por entre 15 y 30 ciclistas) entrevista a pacientes con cáncer, personas que han superado la enfermedad y cuidadores para documentar la experiencia oncológica estadounidense a través del proyecto Portraits Project. La ruta inaugural fue en 2007, y tuve la suerte de unirme a la organización para la ruta de 2010. En 2011 me incorporé al Consejo de Administración y después lideré la ruta en el verano de 2012: ¡menudo cambio con respecto a solo dos años antes! Mi experiencia con Illini 4000, primero como persona que se inicia en el ciclismo y después como líder de la ruta, me ha enseñado lecciones inestimables sobre trabajo en equipo, liderazgo y resolución de problemas. También ha sido increíblemente gratificante participar en una labor social.

Cuando empecé mi último año, ya había decidido que quería cursar un posgrado. Pensé que no me vendría mal adquirir algo de experiencia en entrevistas, así que fui a la feria de empleo del campus y me entrevistaron para una empresa que fabrica frascos de vidrio. La persona que me entrevistó fue amable y la entrevista fue bien. Los frascos de vidrio son importantes para la sociedad; yo los uso continuamente. Pero no podía imaginarme despertarme cada mañana con ilusión por ir a fabricarlos. Fue entonces cuando me di cuenta de lo importante que era para mí combinar mi trabajo con mi pasión. Tras haber pasado los últimos años volcándome en el voluntariado con Illini 4000, sabía que daría lo mejor de mí misma en un sector que de verdad me apasionara y donde pudiera trabajar junto a otras personas que se sintieran de forma similar.

Después de haber trabajado como mecánica de bicicletas (la gente a menudo se sorprendía simplemente por ver a una mujer usando una llave inglesa), también vi que al sector le vendría bien una mayor representación femenina. Por lo general, no había muchos productos diseñados específicamente “para mujeres”. La mayoría de los manillares, las manetas de cambio y las manetas de freno que veía parecían estar diseñados para manos mucho más grandes que las mías. Si había 20 opciones de sillines para hombre con descripciones detalladas sobre la anchura, la posición de pedaleo y el estilo de conducción, había solo tres opciones para mujer con descripciones tan poco útiles como “feminidad de carbono sofisticada”. Uf.

Yo quería participar en el proceso de desarrollo.

Photos of Jamie's work with WBR

Después de haberme fijado el objetivo de trabajar como ingeniera en el sector de la bicicleta, sabía que había distintas opciones para hacerlo. SRAM me llamaba la atención por muchas razones. Ya entonces consideraba que SRAM era el fabricante de componentes líder en la creación de productos para ciclistas de menor tamaño, algo que yo apreciaba enormemente. Como empleada de una tienda de bicicletas, también había percibido de primera mano la forma en que SRAM apoyaba a la gente del sector. Cuando me enteré de la estrecha conexión de SRAM con World Bicycle Relief, supe que me sentiría como en casa.

El hecho de que yo (estadounidense, aunque hablo alemán) fuera contratada nada más terminar el posgrado para ir a trabajar a Alemania da una idea de la voluntad y la dedicación de SRAM para apoyar y fomentar el desarrollo de sus empleados. En mis (casi) once años trabajando en SRAM, lo he podido comprobar en numerosas ocasiones. Siempre que he querido probar algo fuera de mi zona de confort, SRAM ha estado ahí para darme la oportunidad. Actualmente estoy en una comisión de servicio de tres años trabajando para World Bicycle Relief, y paso la mayor parte del tiempo en las instalaciones de ensamblaje de WBR en el este y el sur de África, así como en Colombia.

No voy a fingir que la pregunta que me hice en Central Park no se me pasa nunca por la cabeza. “¿Qué demonios hago aquí?” es algo que me he preguntado muchas veces desde entonces, pero siempre he seguido pedaleando (literal y figuradamente). Los años que llevo montando en bicicleta y trabajando con ellas me han dado el valor para lanzarme hacia lo desconocido y estar segura de que tendré la resiliencia y la fortaleza necesarias para salir adelante. Me acuerdo de esto todos los días en SRAM.

Pertenezco a las dos ruedas.

Collage of images featuring Jamie Kelleher
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Este es My Path, My Ride, es una serie que rinde homenaje a dónde hemos estado, cómo hemos avanzado y los viajes que nos han traído hasta aquí. Al compartir estos viajes, estamos creando un espacio para la conexión, la comprensión y un sentido más profundo de quiénes somos como colectivo.

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Collage of Jamie Kelleher at SRAM and WBR