Al crecer en una pequeña ciudad del Medio Oeste, no teníamos mucho. Las organizaciones benéficas nos daban zapatos y material escolar. Comíamos gracias a los almuerzos escolares, los programas de verano y los cupones de alimentos. Aunque éramos una familia desestructurada, me sentía querida. Aun así, estuve expuesta a violencia, consumo de drogas y alcohol, abandono, promesas rotas y mudanzas constantes. A una edad temprana, aprendí a interpretar cada situación y adaptarme al momento, siempre preparada para lo que pudiera ocurrir.
Cuando teníamos la suerte de quedarnos durante algún tiempo en un lugar, hacíamos amigos. La primera vez que salimos de nuestra calle sin salida con nuestras bicicletas de marca blanca viejas y oxidadas y pedaleamos por el carril asfaltado de la ciudad mi visión del mundo se amplió drásticamente. Vi algo que me pareció una cascada (y resultó ser un dique) y mucho espacio abierto. Estar al sol, rodeada de risas y amistad me hizo sentir verdadera paz. Ese día aprendí cómo podía ser la vida si no tuviera que estar siempre alerta.
Cuando tuve mi primera bici, me había independizado oficialmente, aunque era demasiado joven para firmar un contrato de alquiler, y conducía un coche al que le faltaba la marcha atrás. Era una Columbia Sports Tourist. Acero, verde azulado y guardabarros cromados. Cuando mi coche dijo basta, se convirtió en mi medio de transporte diario. Recorría la ciudad en bici, pasaba por los cajeros para coches y jugaba a recoger la compra cuando me daba cuenta de que se me había caído de la bolsa. Los inviernos en el Medio Oeste son duros, pero yo también lo era. Aunque esto era diferente. En lugar de sufrir, me sentía capaz e independiente. Los desplazamientos diarios me demostraron que no todas las cosas difíciles eran malas. Y lo más importante de todo, me devolvió la misma paz que había sentido cuando era una niña. Encima de la bicicleta, por fin podía estar presente. No tenía que cambiar para adaptarme a la situación; yo tenía el control.